Hablé con el gato
(Me declaro culpable si un seguidor de Almodóvar me acusa de plagio)
Si el set es la cocina, él nunca falta. No le teme a mis desmejoras culinarias. Ha pasado que tratando de empanizar una carne le he hecho un casco de harina leudante. Él no se queja. Es un acompañante ideal: no peca de decir frases sobrantes y tampoco me deja con ganas de escuchar más.
Hay sincronía en el acto. Ella va, detrás él. Ella descansa, él se sienta. Ninguno se queda sin iluminación sobre el escenario. Ella puede ser hiperquinética y le ha dado por jugar con un yesquero. Él salta y la cocina se le vuelve un circo. Ella necesita sonrisas inocentes y disfruta la oportunidad. Hasta que le dice “qué, además eres piromaniaco” (ahora recuerda que no lo improvisó, esa frase la dijo Audrey Tautou en Amor Eterno).
¡Oh Dios! tiene la maña de hablarse a sí misma y le ha hablado una que otra vez a algún animal pero esta vez espera que haya feed back. Si tu supieras-continúa la mujer-, no creo que cambiaras ni una de tus siete vidas para ser un mortal.
“Michu, michu, michu”; le llama su dueña. Los agarraron in fraganti. La abuela de la dueña le dice a la mujer. “Ay chica ¿será que en otra vida fuiste gata?. Porque a este animal se le olvida todo cuando estás cerca”. No es supersticiosa. Sin embargo, de ser menos escéptica aseguraría –lo ha hecho- en otra vez fue una peluquera de renombre o una cantante muy afamada. Toma nota, quizás fue un animal (escogería en todo caso ser una libélula o un ave marina).
Se desmonta el escenario. Salen y el peludo quiere irse de cabeza al camerino de ella. El pescado crudo que le sirvieron sus asistentes no apacigua sus ganas.
La mujer ríe y ríe. Reírse es su mejor terapia para drenar el cansancio y evadir sus soledades. Le seguirá hablando al gato, después de todo le da sonrisas inocentes que no le pasan factura.
