Membrana de libélula

Monday, July 11, 2005

Hablé con el gato

(Me declaro culpable si un seguidor de Almodóvar me acusa de plagio)

Si el set es la cocina, él nunca falta. No le teme a mis desmejoras culinarias. Ha pasado que tratando de empanizar una carne le he hecho un casco de harina leudante. Él no se queja. Es un acompañante ideal: no peca de decir frases sobrantes y tampoco me deja con ganas de escuchar más.
Hay sincronía en el acto. Ella va, detrás él. Ella descansa, él se sienta. Ninguno se queda sin iluminación sobre el escenario. Ella puede ser hiperquinética y le ha dado por jugar con un yesquero. Él salta y la cocina se le vuelve un circo. Ella necesita sonrisas inocentes y disfruta la oportunidad. Hasta que le dice “qué, además eres piromaniaco” (ahora recuerda que no lo improvisó, esa frase la dijo Audrey Tautou en Amor Eterno).
¡Oh Dios! tiene la maña de hablarse a sí misma y le ha hablado una que otra vez a algún animal pero esta vez espera que haya feed back. Si tu supieras-continúa la mujer-, no creo que cambiaras ni una de tus siete vidas para ser un mortal.
“Michu, michu, michu”; le llama su dueña. Los agarraron in fraganti. La abuela de la dueña le dice a la mujer. “Ay chica ¿será que en otra vida fuiste gata?. Porque a este animal se le olvida todo cuando estás cerca”. No es supersticiosa. Sin embargo, de ser menos escéptica aseguraría –lo ha hecho- en otra vez fue una peluquera de renombre o una cantante muy afamada. Toma nota, quizás fue un animal (escogería en todo caso ser una libélula o un ave marina).
Se desmonta el escenario. Salen y el peludo quiere irse de cabeza al camerino de ella. El pescado crudo que le sirvieron sus asistentes no apacigua sus ganas.
La mujer ríe y ríe. Reírse es su mejor terapia para drenar el cansancio y evadir sus soledades. Le seguirá hablando al gato, después de todo le da sonrisas inocentes que no le pasan factura.

Wednesday, July 06, 2005

Virus espiritual

Hay funciones que ella creía impermutables y de pronto le dejaron de operar. Su tendencia a sentirse “pollita” (auto denominación aplicada a los bajones de defensas emocionales) es una infección nueva y cada vez más recurrente. Está consciente de que esa debilidad de su sistema operativo, la ha llevado a meter la patota (como nunca). Hay gente que no le presta mucha atención, porque ella tiene un expediente bien sucio en eso de apasionarse en exceso y enrollarse. ¡Claro que sí! Un día se cuestiona su aparente inmunización a la indigencia, otro día lo pasa amargada porque quiere que sus padres finalmente le suelten el cordón umbilical pero sus ingresos no dan para eso, otro cree drenar comiendo y comiendo alguna natilla de chocolate, se sabe capaz pero siempre cuestiona su forma de hacer el trabajo. Libélula también es feliz, le encanta la gente y la disfruta como puede, pero su capacidad de complicarse es tanta que cree que sería más feliz de no ser tan testaruda y autocrítica (¡que obsesión!). Con su amigo del alma terminaba preguntándose cada vez cómo sería vivir la vida sin preocuparse por el efecto invernadero y la falta de planificación familiar. A libélula sin embargo, se le olvidó llorar. A ella que tan fácilmente moqueaba cuando se sentía muy triste o tenía rabia, se le devuelven las lágrimas. A menudo quieren aparecer e incluso pueden dejarse ver muy brevemente por los espectadores pero aunque libélula les de permiso para mostrarse en público, quedan prisioneras. Hoy ella quería ir a una de esas terapias en las que la gente tira todo lo que atraviesa o golpea y golpea hasta que se le olvide lo que tiene en mente. Está obligada sin embargo, a ser tolerante y madura. Lo único que pudo romper fueron las hojas rehusadas de su oficina. Aunque no puede, desea dejarse llevar por su malcriadez natural y no volver a ver más a esas personas con las que apenas vivirá unos días más, días que le parecen años. Regresó de viaje y encontró que habían lavado toda su ropa sucia, cambiado todo su cuarto y sin duda, hurgado en sus maletas. Le espiaron cada una de sus partencias. Tiene una gastritis severa y si no quiere terminar con una ulcera gástrica debe tener paciencia (como si la vendieran). Todo lo que hicieron sin su autorización le costará dinero pero a ella (aunque no tiene) no le interesan esos bolívares. Quiere vengarse, al menos conseguirse un abogado (quizás un tipo que la pretende) que asuste a esa mujer que se quiere aprovechar porque sabe que libélula no tiene otro sitio adónde ir. Escribiendo se siente mejor pero no deja de pensar que la sensatez resulta tan aburrida.

Thursday, June 30, 2005

Simbiosis sanguínea

(A mi padre de todos los días)

Tiene la vitalidad para mantener una respiración pareja mientras trota seis kilómetros y repite esa rutina cuatro veces por semana. Se lee en su partida de nacimiento que casi es un sexagenario pero la verdad, mantiene intacta la picardía de sus treinta.
Toda la vida ha sido un fotógrafo aficionado. Sin calcular velocidad de obturación, abertura del lente, planos superpuestos. Con su cámara automática y su norma de sólo captar imágenes con gente (no le gustan los paisajes solos) ha logrado unas composiciones bastante atractivas.
Cuando se hizo padre por tercera vez, hace 23 años, dio riendas sueltas a su gusto por la fotografía. Su hija, de niña, botó algunas fotos que la avergonzaban; otras que consideraba de estricto uso familiar las guardó en una caja que nunca más apareció.
En los álbumes de casa, sin embargo, se constata que fue el objetivo preferido de aquel aprendiz: haciendo “pupú”, cerca de una laguna, corriendo con una lonchera en la mano y en la otra un peine para cepillarse el cabello en su primer día de educación primaria, con un sombrero centenario y un fusil que encontraron en una posada de un poblado cercano, con indumentaria de bailarina durante sus ascensos estudiantiles.
Esa simbiosis se detuvo algunos años. Él dice que por la rebeldía incontrolable de su retoñita. Según ella, por sus ideas censurables y su falta de diplomacia (que no termina de corregir).
Han recuperado la facilidad de expresar su amor y sobrellevar la relación (quizás la distancia física les ayudó). No saben cómo se unieron otra vez, pero en esta ocasión no fue una cámara. Ella dejó de ser la modelo de su progenitor y gustosamente le cedió el trono a su sobrina, la primera nieta hembra en casa que ya tiene seis años.
En estos momentos él tiene el corazón despiezado, adolorido. Ella lo sabe aunque él no lo manifieste y exhiba una fortaleza de guerrero. Unas palabras, unas caricias, le regala para ayudarlo pero debe irse.
Ella que siempre criticó los días impuestos, juega en su cama con unos papeles, con su teléfono. Sin que nadie más se entere, lamenta no poder excusarse en el día del padre para verse con el hombre que más quiere. La película de sus vidas se vuelve un cortometraje que transcurre a la velocidad que ella emplea para hojear las fotos que él le regaló y que guarda en su gavetero.

Thursday, June 09, 2005

Piropos para una mujer grande

El oído de la mujer venezolana está curtido, curado de tantas frases que se escuchan en el casco de central de nuestras ciudades (ahí nunca falta quien colabore con el ánimo de una fémina). 1) típicos: “ese cultito mamita”. 2) básicos: “qué está pasando en el cielo…”. 3) burdos: “quiero tocarte, chuparte, zxoiñnruy%O…etc, etc”, 4) idiotas: “a una mujer así yo no le monto cacho”.Me he reído y obstinado con la misma intensidad. Distinto suenan los piropos de un pana, de un padre o mejor aún, de una sobrina. Tiene seis años, y es sin duda, mi punto débil (debilísimo). Vivimos en ciudades distintas pero cuando la visito dormimos juntas, me revisa la ropa, vamos al cine, a comer hamburguesas, a la piscina. Ella cree que somos congéneres, casi dos décadas de diferencia son imperceptibles para mi niña. En nuestro más reciente encuentro me fue a buscar a la peluquería y después de ver mi corte de cabello (le encantaría que mi melena fuese al estilo de Alanis en sus mejores momentos) me dijo: “¿por qué tía, qué te pasa, pareces una mujer grande? Ni siquiera sé si debería llamarlo piropo. Graciosa la energía de su voz, su verbo; pero triste que crea que su aliada la puede dejar sola. Ese recuerdo me llevó a halar de mi memoria piropos inolvidables. 1) Mi mejor amigo (lo niega como Simón Pedro, pero alguna vez me lo escribió en un mail): “sí me gustaran las mujeres, me habría enamorado de una como tu”, 2) La Hoyada, 3:00pm: “estas son las mujeres de las que habló Bolívar, Gabriel García Márquez”. 3) Bar de ambiente, 4:30 am: “Sos muy linda, me encantás pero soy gay ok”. El más recibido es un “carajita” dicho con mucha ternura. ¿Será qué debo hacerle caso a mi sobrina y dejar de pensar en sapos y parecer (realmente no quiero serlo) una mujer grande?.

Wednesday, June 08, 2005

Polvo gatuno

Es un asunto serio. No se trata de las ganas locas que puede tener cualquier mortal (humano) de echar un polvito con la tipa o el tipo que se le mete en los sueños (o en otros lugares). No. Ya había sido testigo de los gritos endemoniados de un montón de gatas maullando para que un semental se acercara a atenderlas. Salían todos los días, a eso de las 10 de la noche. Escuchaba como estropeaban las matas y se encaramaban en los árboles que circundan mi aposento familiar. ¡Bien alimentaditas que están!, decía (en joda). Los gatos si que son felices, como que no saben de disfunción eréctil, eyaculación precoz y todo el asunto de la insatisfacción que tantas sábanas dicen conocer. La de Max es otra historia, ese gato no sale de sus potecitos de agua o de los tucusitos que forma (es verdad, lo he visto) con los periódicos que le ponen por todo el apartamento. Ni loca atendí el consejo de besarlo para ver si se convertía en príncipe. ¡No, que va! Nada de estar frotándose en mi cuerpo. Lo ignoré porque como bien dejé sentado en un post, no quería escribirle más. Pero la rabia se me está transformando en dolor. El pobre, además de quesudo parece tener un guayabo de esos que te tumban y te dejan totoreco.
Primero: hace como una semana parecía un epiléptico, dándose golpes contra todo. Después le ha dado por golpearse (masturbarse) en una puerta alterna que tiene mi habitación. Yo, no le paré mucho; no más me asomé para constatar que no haya dejado su orine cerca de mi guarida como una marca gatuna-machista del territorio (esa se la pasé).
Segundo: “Ay, ese gato como que está loco. Cada vez que esta niña sale se pone a llorar, así como diciendo por qué no me toman en cuenta”, escuché una de estas noches que me devolví a buscar algo. Me quise hacer la loca otra vez, empero cómo dejarlo pasar: sólo un hombre me ha llorado en la cara, pero lágrimas de un gato (eso sí que es heavy).
Frente a esas actitudes del felino no quedó más que dejarlo perseguirme, pretenderme. ¡A lo lejos, claro!. Hay que reconocer que es bien inteligente y sabe controlar su celo (más que otros hombrecillos vernáculos, que disimulan con cara de pánfilo). ¡Hasta anoche!!!!!!!!!!!!!!
10 pm: Libélula va a la cocina a guardar la sopa que almorzará el día siguiente. Deja la puerta a medio cerrar para hacer el menor ruido posible porque su cacera, la hija gritona y las nietas sumisas se duermen a las 9 pm. Se cepilla, pone música y se dispone a leer un libro para un trabajo que tiene pendiente y de repente (menos mal que estaba boca abajo) ve salir al gato que la cree gata (o querrá con una humana) y se para y agarra un cepillo de peinarse (que no tiene escoba en el cuarto) y lo amenaza. Como si no fuera con él, Max intenta esconderse tras una maleta. “Shhhh”, “sal de ahí”, “vete”. A la libélula se le olvida que otros duermen, que importa. Ella no entra ahí hasta que se vaya. A su cuarto no pasa todo el quiera (en realidad no lo hace nadie). Todos se desvelaron pues ni el sonido de la gatarina hizo que el felinillo saliera. ¡Nada! La dueña
tuvo que cargarlo con sus propias manos, eso sí después que el animal se tomó sus minutos para jugar a las escondidas. Colorín (tengo que dejar el computador prestado), la libélula no pudo dormir pues recordó (¿imaginó?) que el gato le miró el cuello y pudo haberle saltado para intentar aparearse al más puro estilo animal.

Monday, June 06, 2005

Piel de costa

Dondequiera que dirigía mi vista había cuerpos humedecidos con un sudor que no cesaba. Curiepe se parecía a la Iquitos descrita por Vargas Llosa en Pantaleón y las visitadoras. Las calles, la gente, todo el ambiente parecía un gran hervidero cargado de decenas de orgasmos. Es como si de repente un huracán cambiara el ánimo del pueblo y de todo aquel que lo visita. No hay pudores para tocar frente a muchos ojos, para rozarse en cualquier callejuela, para juntarse con otro cuerpo sobre un banco. El agite del repique de tambores, los sorbos desesperados de un licor que calme la sed y el calor que parece meterse en la epidermis, reestimulan la líbido. No es un lugar para el enamoramiento, no hay protocolo ni galanterismo para pretender a alguien. Importa ir al grano, encontrarse íntimamente con otro ser que sólo quiere sentir, sin distinguir edad, sin estereotipar la escasez o el exceso de carne, sin buscar afinidades intelectuales. No se venden alimentos afrodisíacos pero de boca de muchos salen cuentos de personas que terminaron teniendo sexo con desconocidos que horas antes tocaron a su presa con un pañuelo rojo ¿encantado? , o le dieron a probar una bebida desconocida. El huracán no es la panacea para la incontinencia y la frigidez. Conforme se evapora el calor, se va atenuando la excitación. El pueblo queda enervado después de una fiesta de pieles que se esconde tras la excusa de una celebración patronal. Una catarsis y una promesa: en menos de un mes, Curiepe volverá a hervir y se regocijará de convertirse en un estimulo intravenoso para sus hijos y sus huéspedes.

Mis ecuaciones

Ahí estaba yo: despeinada, desarreglada, agotada. No había en mí la más mínima voluntad de repetir los estímulos que secundaron nuestros besos. Es más, me encontraba ya en la fase de “cómo carajo me pudo gustar este tipo que le debe sentar muy bien una tipa que se haga los senos, se esfuerce por parecer estéticamente correcta y se ponga unas tanguitas rojas para esperarlo todas las noches”. Un abrupto cambio en su tono de voz fue un presagio, se acercaría nuevamente. No jugué. Mejor dicho, no hice el calentamiento. No condimenté la escena poniendo pajaritos a jugar cartas dentro de mi cerebro. Eso sí, fue un beso largo, apasionado. Pero con la pasión del que busca un recuerdo, del que apela a una sincronía casi perfecta, del que quedó cautivado con sensaciones que prometían una vez más. De eso nada. ¡Mejor para mí!. Una garantía para no retomar una relación poco cómoda, una especie de sadomasoquismo que me da placer, me hiere y peor aún, me deja con una extraña sensación de nulidad: que nada ocurrió, que no hay que celebrar ni que llorar. Cual adicto que sucumbe a su adicción en pleno proceso de recuperación, me empezó a dar vueltas la cabeza. Tuve ganas de llorar, de reír, de gritar y de sacar cuentas. Y empecé: A “A” no le importa “B” ni “C” (muy fácil, me lo sabía), le importa “D”. Pero no por ser como es sino porque es su turno. Ajá “D” tiene todas las de ganar en tanto la fórmula prosiga con un orden cronológico. En ese caso, siempre sería “Z” la clave última de la ecuación, el propósito de la fórmula, pues. ¡No! Aquí no hay matemáticas que valgan. Einstein asoma su gran nariz y autoriza cualquier cambio, enmantado por supuesto con la bandera de la relatividad. Entonces “A” es la vocal madre, que se puede combinar indeterminada cantidad de veces con cualquiera de las otras letras del alfabeto.- Claro que no alimentó mis ganas de dudar con su antiguo “no tengo más que decir, me fascinas” o “¡coño, dime qué quieres!”. No había tensión, nerviosismo o inconformidad en su voz. Tampoco aceptación. Más bien con apatía, así como quien atrapa un fault de pura casualidad, me dijo “dejémonos de preámbulos ¿sí?”. – Ya tenía esa certeza. Ni yo soy la Sharon Stone que puede darle vida a sus fetiches fílmicos. Ni él es el hombre de mis cuentos, que sólo conmigo quiere hacer el amor en un globo aerostático, mientras el día nos regala un contraluz. ¿Hace falta decir que nuestras escenas se repiten?

Tuesday, May 31, 2005

Gustos de mis 23

Escuché una de esas frases anónimas que se quedan fácilmente grabadas: “hay gustos que se disfrutan con la edad”. Y entonces empecé a pasearme por mis vivencias para espiarme de distintas maneras. Me descubrí tramposa, mi segundero es autónomo y rebelde y se las ingenia para llevar una hora distinta a la de mis contemporáneos. Quizás por eso me gustan los hombres maduros, más corridos que yo (en experiencias, no necesariamente en edad) pero que no tienen miedo de detener el marcador de vez en cuando. A mis 23, a mis 22, a mis 21…es lo mismo. Soy como una viejita adolescente. Sin temor de arriesgar siempre que se trate de mí, singular y unilateralmente hablando. Pero extremadamente previsiva cuando se trata de mis allegados. Grosso modo, así soy. ¿Algo especifico? A mis 23, decidí darme placer, en todos los sentidos, dejando hojas libres para que algo o alguien me sorprenda (me encanta que superen mi imaginación). Para mi bien o para mi mal soy “come flor”. Creo en los panas del alma, esos que no uno no tiene que cargar encima como un llavero, pero van y vienen en la mochila y se aparecen en nuestra cotidianidad a través de un olor, del trago que tomamos juntos en algún cuchitril, de las platicas existenciales en torno a la materia y el espacio o de otras más burdas sobre cualquier frivolidad que vimos en el titular de una revista cosmopolita hojeada rápidamente en cualquier sala de espera. Creo que están ahí para zarandearnos cuando empezamos a vociferar que la vida es un asco, para prestarnos plata cuando la quincena se hace interminable o para darnos un empujoncito cargado de “chorrocientas” energías que nos evitan caer en el pantano de la autocompasión. Además, espero tener una relación amorosa sin las ataduras de un compromiso pero con la fidelidad de un cuerpo que no encaja mejor en otra piel y que no encuentra un cerebro que le dé más placer. Sobre todo disfruto lo que vivo, mi montaña rusa personalizada.